Escritos e interpretacion de un hombre de honor
lunes, 16 de diciembre de 2019
La Argentina y sus pesares!!!
La Argentina tiene el problema más serio del mundo. Ningún país podría encontrarse en su camino con una dificultad mayor. Las demás naciones pueden tener inconvenientes de distinta índole, pero ninguna de ellas padece el nivel dilema que tienen los argentinos: el país se angustia por lo que prefiere.
No hay drama mayor para una nación. Vivir en permanente frustración por lo que no son otra cosa que las consecuencias de sus preferencias constituyen una encerrona de la cual es muy difícil salir. La Argentina no tiene un problema económico o social o político. Tiene un problema médico; un problema de orden psicológico profundo que le impide resolver lo que no son otra cosa que los efectos de esa causa madre.
Que un país viva en conflicto por lo que son las consecuencias de sus preferencias libres, constituye una dificultad de tal magnitud que, sinceramente, no sé si la cuestión tiene solución.
Pues bien, ¿y cuál es esa maldita preferencia?, ¿qué es lo que los argentinos secretamente prefieren y contra lo que luego se enojan cuando efectivamente esa preferencia se materializa? Esa preferencia no es otra que la pobreza: los argentinos prefieren la pobreza. Por supuesto no van a admitirlo a viva voz. De hecho, viven enojados contra la pobreza. O al menos eso dicen.
Porque lo que en realidad les ocurre en materia de “enojos” es algo bien distinto. Si uno analiza las corrientes que imperan consciente o inconscientemente en el espíritu argentino verá que lo que mayoritariamente sobresale, lo que culturalmente predomina, es una oposición a la riqueza.
En efecto, el argentino está en guerra contra la riqueza. La corriente mayoritaria que emerge desde las entrañas más profundas de la cultura nacional consiste en una resistencia impenetrable contra la riqueza, contra la idea de ser rico.
El Papa Francisco es quien mejor ha expresado la esencia de esa corriente con su frase “la riqueza es el estiércol del diablo”. Quizás no haya un resumen más perfecto de la morfología social que distingue a los argentinos que esas palabras de Bergoglio. La riqueza es un pecado.
Sin embargo, en un retorcimiento que complica aún más el problema, es un determinado tipo de riqueza y un determinado tipo de rico el que el argentino desdeña y por el que siente un profundo asco. La riqueza que los argentinos repugnan es la que se produce como fruto del éxito lícito. Paralelamente entonces al tipo de “rico” que el argentino odia es al que obtuvo su riqueza por la vía del triunfo en la vida laboral legal.
Contrariamente, no se observan condenas firmes contra los que, incluso obscenamente, pavonean la riqueza que hicieron como consecuencia de actividades ilícitas, provengan ellas de la corrupción pública (funcionarios ladrones, sindicalistas mafiosos) o de actividades delictivas “privadas” como los narcotraficantes o los delincuentes comunes.
El prototipo del argentino que es resistido socialmente (“resistido” viene de “resentimiento”) es aquel que tuvo éxito material en la vida por la vía del trabajo lícito. Es ése el que defeca el “estiércol” del diablo”.
Por lo tanto, a ese personaje hay que bajarlo de donde está y, por supuesto, no es un modelo a imitar o a emular sino un arquetipo al que envidiar, maldecir y destruir.
Obviamente la persecución y eventual destrucción de los que generan riqueza hace que no se genere riqueza (es una perogrullada, pero en la Argentina parecería necesario aclararlo) y al no generarse riqueza, se obtiene pobreza.
Parecería que, siguiendo un silogismo normal, los argentinos deberían estar felices porque finalmente consiguieron lo que buscaban: derrotar la riqueza, destruir al rico y materializar la pobreza (que siguiendo, a su vez, el razonamiento del Papa debería ser el estado de gracia más cristalino del ser humano por ser el opuesto al “estiércol del diablo”). Pero no. Cuando llegan a lo que debería ser su éxtasis, estallan en queja y buscan a más ricos a quienes ir a robarles lo que les queda por la vía de entronizar gobiernos que expolian con impuestos confiscatorios la riqueza lícita generada por otros.
Parecería que lo que los argentinos buscan, finalmente, es una pobreza tolerable igualmente distribuida. Es decir una pobreza “hasta ahí”, igual para todos. (Excepto para aquellos “ricos” a los cuales los argentinos no resisten –es decir, no tienen “resentimiento” contra ellos- como los funcionarios corruptos -que dicen que vienen a sacarle a unos lo que ganaron “injustamente” a costa de otros- los sindicalistas mafiosos, los que “encontraron un curro o un yeite” -el típico “vivo” argentino que “le encontró la vuelta”- u otros personajes del submundo ilegal respecto de los cuales el argentino no muestra un nivel de ofensa ostensible)
Como se ve, la profundidad de la enfermedad sociológica del país es de tal dimensión que las dudas sobre su verdadera solución son muy grandes. El nivel de deterioro mental masivo que sufre el país implica un retorcimiento tal de los valores constructivos de la vida pacífica y progresista que uno duda seriamente de que tal extravío tenga vuelta atrás.
El enamoramiento del pobrismo ha llevado a la Argentina a ser una sociedad completamente conflictuada, encerrada en una encrucijada de la que le será muy difícil salir. Vivir en queja por las consecuencias que trae lo que se venera representa un problema de una complejidad tal que las soluciones no vendrán de la aplicación de tal o cual programa económico sino de un proceso de introspección que lleve a cada argentino a darse cuenta del nivel de contradicción en el que vive.
Mientras ese complejo severo no sea removido del alma argentina, el país no tendrá solución. Nadie vivirá mejor, venerando vivir peor. Y si se considera que vivir monacalmente es mejor que vivir en la abundancia, los argentinos deberían renunciar a la abundancia y acostumbrarse a los límites materiales de la vida monacal.
Ahora, recurrir al delito, a la corrupción, al robo o al narcotráfico para producir ilegalmente lo que se niegan a generar bajo el imperio de la ley no hará que el país sea rico. Lo que probablemente surja (o mejor dicho, se consolide) es una nueva nobleza compuesta por mafiosos, funcionarios corruptos, narcos amparados por el poder y revolucionarios de pacotilla que vivirán como reyes. Pero los argentinos honrados se hundirán en la pobreza. En esa misma pobreza que el Papa argentino tanto les enseñó a reverenciar.
martes, 10 de diciembre de 2019
PARTIDO NOS: ¿ES POSIBLE UNA ALIANZA POLITICA DE LIBERALES CLASICOS, CONSERVADORES Y NACIONALISTAS SIN RENUNCIAR A LOS PROPIOS PRINCIPIOS? Por Fernando Romero Moreno
Una política conjunta entre liberales clásicos, conservadores y nacionalistas, dadas las circunstancias actuales y los condicionamientos que siempre existen en la vida política, se puede lograr del siguiente modo, sin caer en un sincretismo confuso: diseñar una plataforma partidaria con propuestas de mínima, sin desconocer las de máxima y cediendo cada uno en algo por vía de tolerancia. Un programa que defienda los valores tradicionales (religión, patria, familia), el federalismo republicano, la descentralización político- administrativa, la autonomía municipal, una economía social de mercado, el fomento de los cuerpos intermedios, la ley natural, y todo teniendo como punto de referencia la Constitución Nacional (sobre todo sus “contenidos pétreos”) y la Doctrina Social de la Iglesia (como autoridad normativa para los católicos o como una autoridad moral cualificada para los no católicos). En todo caso, las diferencias de máxima que existen en varios temas (proteccionismo/librecambismo, confesionalidad/laicidad aconfesional, derechos individuales/derechos sociales, corporativismo/partidos políticos, distinta concepción acerca del bien común o la libertad religiosa, constitucionalismo tradicional vs constitucionalismo liberal, etc) serían parte del pluralismo «de hecho» (no de derecho, al menos en temas que objetivamente no son opinables) hacia adentro de esta alianza política. Dicha convergencia de mínimos, de naturaleza táctica, permitiría además enfrentar de manera conjunta la dictadura del relativismo, la cultura de la muerte, la ideología de género, el marxismo cultural, el progresismo, el setentismo como política de estado, el garantismo abolicionista, el globalismo mundialista, la democracia totalitaria de origen rousseauniano, el Socialismo del Siglo XXI, el populismo, el capitalismo prebendario (nacional o internacional) y los totalitarismos de izquierda como de derecha. Pero antes de proseguir, aclararemos a qué nos estamos refiriendo cuando hablamos de liberalismo clásico, conservadorismo y nacionalismo.
El liberalismo clásico
El liberalismo clásico nació entre los siglos XVII- XVIII como reacción frente al absolutismo monárquico, siendo sus referentes fundacionales John Locke, Adam Smith, Adam Ferguson, Hamilton, Madison, Jay y Benjamín Constant, entre otros. Se trata de una corriente política que defiende la dignidad y las libertades de la persona humana mediante un orden político basado en la democracia republicana, el constitucionalismo, la descentralización político- administrativa, la división de poderes, el capitalismo y el control de constitucionalidad, pudiendo estar enmarcado axiológicamente en distintas y aun opuestas concepciones filosóficas (sobre todo el individualismo, el utilitarismo o el personalismo cristiano). Hemos hecho nuestras críticas al liberalismo clásico en dos escritos: Los neomaritaineanos[1] y Liberalismo clásico, constitucionalismo y orden social cristiano[2]. Pero a pesar de ello, hay que decir que esta corriente tiene enormes diferencias y ventajas frente al liberalismo progresista o constructivista de Rousseau y los iluministas franceses, cuya confluencia con el socialismo ha dado lugar a la socialdemocracia. El liberalismo clásico está expresado en la actualidad por la Escuela Austríaca, la Economía Social de Mercado, la Escuela de Chicago y la del Public Choice. Con el liberalismo conservador de inspiración cristiana (que es el que nos interesa), cuyos representantes más importantes son Alexis de Tocqueville, Mons. Dupanloup, Lacordaire, Montalembert, Antonio Rosmini, Federico Ozanam, Lord Acton y Maritain tenemos grandes diferencias, pero en esta propuesta de mínima hay coincidencias importantes como el rol de la Iglesia Católica en la vida pública (más allá de la disputa entre maritaineanos y antimaritaineanos acerca de la catolicidad del Estado), la defensa de la vida humana inocente y la familia, el reconocimiento de valores tradicionales no negociables ni sujetos a las decisiones de mayorías populares o parlamentarias y la oposición a la agenda globalista, sea neoconservadora o socialdemócrata. En tal sentido, referentes actuales como Agustín Monteverde, Gabriel Zanotti o Agustín Laje son aliados importantes
El conservadorismo
El conservadorismo moderno, por su parte, nació en Inglaterra con la figura de Edmund Burke (1729- 1797), el primer gran crítico del racionalismo iluminista y laicista de la Revolución Francesa de 1789. Burke defendía la importancia de los valores tradicionales (religión, patria, familia, propiedad privada) junto con la necesidad de un gobierno limitado, de libertades concretas de personas y cuerpos intermedios, y de una sana economía de mercado. Su influencia fue importante en algunos Padres Fundadores de los EE.UU como John Adams, en el tradicionalismo europeo contrarrevolucionario, en la vertiente conservadora del liberalismo clásico (Tocqueville, Bertrand de Jouvenel, W. Röpke, Hayek) y en el renacimiento del conservadorismo anglosajón a partir de los años 50, a través de pensadores como Russell Kirk, Robert Nisbet, Wilmoore Kendall, Roger Scruton y políticos al estilo de Barry Goldwater, Richard Nixon, Ronald Reagan o Pat Buchanan. También está presente en la actual “ola conservadora” antiglobalista, todo lo confusa y heterogénea que se quiera, pero que expresa el hartazgo del hombre común ante las ideologías (liberalismo progresista, socialismo, comunismo o nacional-socialismo) y ante el Nuevo Orden Mundial que quiere derribar las sanas murallas de la religión, del patriotismo, de la familia tradicional, de la moral cristiana y de las legítimas libertades que todavía frenan, en cierta medida, la instalación de un Estado totalitario mundial. No hay que confundir el conservadorismo tradicionalista o “paleoconservadorismo” (enemigo de hacer de los EE.UU un Imperio global para extender la “democracia”, los “derechos humanos” y el “american way of life”, crítico de la alianza con Israel y contrario al Nuevo Orden Mundial) de los “neoconservadores” (imperialistas, pro-sionistas y globalistas). Podemos ubicar dentro de esta corriente a dirigentes y pensadores argentinos del pasado inmediato (algunos vivos y otros ya fallecidos) como Ricardo A. Paz, Carlos Manuel Acuña, Juan Rafael Llerena Amadeo, Eduardo Ventura, Ricardo de la Torre, Cosme Beccar Varela y a jóvenes actuales como Nicolás Márquez, Andrés MacLean y Segundo Carafí.
El nacionalismo tradicionalista
Por fin, tenemos que decir algo acerca del nacionalismo argentino: se trata de un movimiento político que incluye en su seno variadas y disímiles corrientes de pensamiento. No podemos igualar el peculiar nacionalismo de Leonardo Castellani con el de Julio Irazusta y menos aún con el de Arturo Jauretche. Aquí sólo haremos referencia al llamado nacionalismo tradicionalista, objeto de estudio de varios pensadores (argentinos y extranjeros) en los últimos años. Haciendo una primera aproximación, podemos decir que se trata de un fenómeno preferentemente intelectual, aunque no haya dejado de tener una lógica proyección en la vida política. Su aparición alrededor de los años 30 coincide con la crisis de la democracia liberal, del capitalismo y con el auge por entonces creciente de tendencias totalitarias de diversos matices. Podemos fijar incluso su fecha de nacimiento en el 1° de diciembre de 1927 con la aparición del periódico La Nueva República. Nos ocupamos hace 25 años de analizar y valorar el Nacionalismo[3], resaltando sus méritos, sobre todo en defensa de la Tradición, la Soberanía Política, la Independencia Económica, la Justicia Social, la República federal con representación corporativa y el Revisionismo Histórico. El Ideario del Nacionalismo fue sintetizado por el político y escritor argentino Hugo Wast con estas palabras: “Nuestros ideales son los que dan sentido a la vida cuando se vive por ellos y los que dan sentido a la muerte cuando se muere por ellos: Dios, Patria y Familia”. Pero al hacer nuestra valoración nos ocupamos también, en aquella ocasión, de señalar los errores de algunos de sus referentes: entre ellos el militarismo lugoniano (el error «esencialista» de considerar que las FF.AA podían salvar al país, como si fueran ajenas a la crisis de valores de la misma sociedad argentina a la que pertenecían), el integrismo religioso (no la sana subordinación relativa de lo político a lo espiritual sino la confusión indebida entre lo sacro y lo profano), el peligro de «hipostasiar» el concepto de Nación (con una posible “deriva” totalitaria), el maniqueísmo de ciertos revisionistas, el estatismo económico y la crítica rigorista a insertarse dentro del sistema democrático, no para convalidarlo, sino para atenuar algunos males. Grandes referentes del nacionalismo tradicionalista argentino han sido Julio y Rodolfo Irazusta, Ernesto Palacio, Alberto Ezcurra Medrano, Tomás Casares, Vicente Sierra, el Padre Julio Meinvielle, Jordán B. Genta, Carlos Ibarguren (h), el Padre Leonardo Castellani y Carlos A. Sacheri, solo por nombrar algunos de los más importantes. Hoy podemos señalar como referentes de un Nacionalismo dispuesto a colaborar con liberales clásicos y conservadores a Jorge Scala, Enrique Díaz Araujo, Mario Meneghini, Néstor Sequeiros, Cristián Rodriguez Iglesias, Lis Genta de Caponnetto, Augusto Padilla, Carlos A. Robledo, Gerardo Palacios Hardy, Héctor H. Hernández y Cristián Rodrigo Iturralde.
La Economía Social de Mercado
En cuanto a la Economía Social de Mercado, hay que decir que “se basa en la organización de los mercados como mejor sistema de asignación de recursos y trata de corregir y proveer las condiciones institucionales, éticas y sociales para su operatoria eficiente y equitativa. En casos específicos, requiere compensar o corregir posibles excesos o desbalances que puede presentar el sistema económico moderno basado en mercados libres, caracterizado por una minuciosa y extensa división del trabajo y que, en determinados sectores y bajo ciertas circunstancias, puede alejarse de una competencia funcional. Descarta como sistema de organización la economía planificada centralmente. Esta definición de una Economía Social de Mercado como modelo sociopolítico básico proviene de las ideas desarrolladas por Alfred Müller- Armack (1901-1978). En su obra Dirección económica y economía de mercado (Wirtschaftslenkung und Marktwirtschaft), escrita en 1946, no sólo acuñó el término Economía Social de Mercado sino que contribuyó, en colaboración con otros pensadores, a la fundamentación de su concepción teórica. Según la definición de Müller-Armack, el núcleo de la Economía Social de Mercado es la “combinación del principio de la libertad de mercado con el principio de la equidad social”. El marco referencial es el concepto de la libertad del hombre complementada por la justicia social. El sistema de la Economía Social de Mercado surge del intento consciente de sintetizar todas las ventajas del sistema económico de mercado: fomento de la iniciativa individual, productividad, eficiencia, tendencia a la auto-regulación, con los aportes fundamentales de la tradición social cristiana de solidaridad y cooperación, que se basan necesariamente en la equidad y la justicia en una sociedad dada. En este sentido propone un marco teórico y de política económico-institucional que busca combinar la libertad de acción individual dentro de un orden de responsabilidad personal y social (…). Müller-Armack plasmó la idea fundamental de la Economía Social de Mercado en una breve fórmula conceptual, cuyo contenido tiene que ser aplicado tomando en cuenta las respectivas condiciones sociales de implementación política. Asimismo, diseñó el concepto político de la Economía Social de Mercado como una idea abierta y no como una teoría cerrada. Por un lado, este enfoque permite adaptar el concepto a las condiciones sociales cambiantes. Por otro lado, se pone de manifiesto que la dinámica de la Economía Social de Mercado exige necesariamente una apertura frente al cambio social. Las aplicaciones y adaptaciones conceptuales no deben, sin embargo, contradecir o diluir la idea fundamental del concepto”[4]. Dentro de esta corriente es muy importante la figura de Wilhelm Röpke, quien proponía límites al libre mercado para custodiar valores humanos que están “más allá de la oferta y la demanda” como la justicia, la moral, la amistad, la belleza, la poesía, la elegancia, la caballerosidad o la espiritualidad, en el marco de nuestra cultura occidental greco-latina y del derecho natural cristiano. A su turno, con o sin influencia de esta corriente, hubo pensadores tradicionalistas y/o conservadores que propusieron un modelo de organización profesional de la economía acorde con el capitalismo de mercado. Es el caso de Johannes Messner, Michel de Penfentenyo, Julio Meinvielle, Roberto Gorostiaga y Carlos A. Sacheri. Vemos aquí que la Economía Social de Mercado ofrece un modelo intermedio entre el individualismo que podrían exigir algunos liberales y el corporativismo no estatista al que aspira el nacionalismo tradicionalista. Y probablemente sea el que tenga más posibilidad de ser aplicado si se quieren evitar los males del intervencionismo keynesiano, del populismo y del socialismo, sin caer en el liberalismo más radicalizado. Sobre todo si logra verse que el modelo de capitalismo adecuado para la Argentina parece ser el renano más que al anglosajón, adaptándolo eso sí a nuestra realidad sociológica, histórica, cultural, política y religiosa.
Hacia un Frente Nacional de Derecha
En cuanto a la legitimidad de una alianza política de esta naturaleza, vale la pena leer o releer El comunismo en la Argentina del Padre Julio Meinvielle, libro de los años 60 en el cual explica los peligros de la izquierda nacional marxista como del liberalismo masónico, del sionismo como del nasserismo y en el cual aprueba con reservas cierta alianza con EE.UU, alentando una Revolución Nacional y anticomunista como etapa previa de una más profunda Restauración católica y tradicional. Léase la siguiente cita, cámbiese comunismo por «progresismo populista» y liberalismo antinacional por «progresismo republicano» para encontrar el paralelismo con la situación que hoy estamos viviendo. A su turno, al poner en alerta contra el «nacionalismo marxista», invitaba al peronismo a purificar sus errores en la doctrina más ortodoxa del nacionalismo católico, pero no lo demonizaba. No se olvide que, al mismo tiempo, el Padre Meinvielle alertaba contra el modernismo teológico (hoy enmascarado detrás de la «Iglesia de la Misericordia»), la Sinarquía (hoy Nuevo Orden Mundial) y el Imperialismo Internacional del Dinero (actual oligarquía financiera internacional). Además, no padecía del virus del «derechismo» para el cual no hay otro enemigo serio más que el comunismo. Pero sí decía que el liberalismo «occidental y cristiano», cuyos errores denunciaba, era mil veces preferible al marxismo. “Las cosas se han puesto tan difíciles – afirmaba Meinvielle –, y cada día se han de poner peor (…) que una Revolución Nacional Auténtica pura, se hace difícil; es necesario hoy que todos los que están en posición anticomunista, sean nacionales, sean liberales, aúnen sus esfuerzos para hacer frente al comunismo que se cierne sobre nuestras cabezas (…) Hoy no está en cuestión una lucha entre azules y colorados, peronistas y anti-peronistas, nazis y masones, gorilas ni antigorilas. Hay que advertir que se trata de una lucha contra el comunismo ateo por la salvación de la Patria. En consecuencia, todos los hombres patriotas, sean nacionales, sean liberales, conscientes de la responsabilidad de la hora y del peligro que nos amenaza, deben unirse para salvar al país”[5]. Algo similar afirmaba Castellani cuando decía: “Actualmente hay quienes trabajan, con pocos recursos por desgracia (es decir, heroicamente) por la formación de una fuerza política nacional; con la alianza, por ejemplo (es una suposición) de los democristianos, los nacionalistas y el peronismo – o una parte dél. Si esa fuerza puede constituirse a pesar de las enconadas divisiones personales de los argentinos, y puede llegar a las urnas (…) ya sería un gran paso adelante. Aunque perdiese las elecciones, queda constituido un núcleo político nacional, con diputados y senadores (…) o sea, con altavoces desde donde educar e informar al pueblo”[6]. Puede objetarse que Castellani no era simpatizante de una alianza con liberales, a diferencia de Meinvielle, lo cual es verdad. Sin embargo Castellani hacía ciertos elogios al liberalismo conservador anglosajón representado por los Padres Fundadores de los EE.UU y Alexis de Tocqueville, además de simpatizar con dos católicos liberales como Rosmini y Cronin. De todos modos justificaba una alianza de nacionalistas, demócratas cristianos (liberales en cierto modo) y peronistas ortodoxos (como había sido la Unión Federal de Mario Amadeo). Volviendo a nuestro tiempo, recordemos que Juan José Gómez Centurión ha sintetizado intuitiva y didácticamente todo esto (probablemente siguiendo a Nicolás Márquez) al hablar de la convergencia de estas corrientes políticas dentro del Partido NOS: “Mi visión de la derecha es convocar a todos los liberales que respeten la vida, a los conservadores que no confundan la llama de la tradición con las cenizas y a los nacionalistas que no confundan a la Nación con el Estado”. Además ha reconocido la importancia para NOS del voto peronista clásico, que es un voto cristiano, a diferencia del kirchnerismo. De hecho uno de sus mejores aliados en la Provincia de Santa Fe es el abogado y actual legislador provincial Nicolás Mayoraz, católico practicante y ortodoxo, que viene de los sectores nacionalistas del peronismo. Un Frente Nacional de estas características sería similar a lo que significó FET de las JONS en España (donde había falangistas, carlistas, tradicionalistas alfonsinos, demócratas cristianos y liberal-conservadores) pero en un contexto republicano. O algo parecido a la llamada “revolución conservadora” de los EE.UU. A quienes esto pueda parecerle heterodoxo, recuerdo unas notas de San Pío X que son pertinentes para entender nuestra propuesta: “No acusar a nadie como no católico o menos católico por el solo hecho de militar en partidos políticos llamados o no llamados liberales, si bien este nombre repugna justamente a muchos, y mejor sería no emplearlo. Combatir «sistemáticamente» a hombres y partidos por el solo hecho de llamarse liberales, no sería justo ni oportuno; combátanse los actos y las doctrinas reprobables, cuando se producen, sea cual fuere el partido a que estén afiliados los que ponen tales actos o sostienen tales doctrinas (…). No sería justo ser de tal manera inexorables por los menores deslices políticos de los hombres afiliados a los partidos llamados liberales que por tendencia y por actitud política sean ordinariamente más respetuosos con la Iglesia que la generalidad de los hombres políticos de otros partidos, que se creyera obra buena atacarles sistemáticamente, presentándoles como a los peores enemigos de la Religión y de la Patria, como a «imitadores de Lucifer», etc., pues semejantes calificativos convienen al «liberalismo doctrinario» y a sus hombres en cuanto sean sostenedores contumaces y habituales de errores y doctrinas contrarios a los derechos de Dios y de la Iglesia, abusando del nombre de católicos en sus mismas aberraciones, y no a los que quieren ser verdaderos católicos, por más que en las esferas del Gobierno o en su acción política falten en algún caso práctico, por ignorancia o por debilidad, a lo que deben a su Religión o a su Patria. Combátanse con prudencia y discreción estos deslices, nótense estas debilidades que tantos males suelen causar; pero en todo lo bueno y honesto que hagan déseles apoyo y oportuna cooperación, exigiendo a su vez por ella cuantos bienes se puedan hic et nunc alcanzar en beneficio de la Religión y de la Patria” (Autorizadas instrucciones a los católicos, publicadas en “El Siglo futuro”, 30 de enero de 1909). Y también lo que sigue: “Para evitar mejor cualquier idea inexacta en el uso y aplicación de la palabra «liberalismo», téngase siempre presente la doctrina de León XIII en la Encíclica Libertas, del 20 de Junio de 1888, como también las importantes instrucciones comunicadas por orden del mismo Sumo Pontífice, por el eminentísimo Cardenal Rampolla, secretario de Estado, al Arzobispo de Bogotá y a los otros Obispos de Colombia en la Carta Plures e Columbiae, del 6 de Abril de 1900, donde, entre las demás cosas, se lee: «En esta materia se ha de tener a la vista lo que la Suprema Congregación del Santo Oficio hizo saber a los Obispos de Canadá el día 29 de Agosto de 1877, a saber: que la Iglesia al condenar el liberalismo no ha intentado condenar todos y cada uno de los partidos políticos que por ventura se llaman liberales. Esto mismo se declaró también en carta que por orden del Pontífice dirigí yo al Obispo de Salamanca el 17 de Febrero de 1891, pero añadiendo estas condiciones, a saber: que los católicos que se llaman liberales, en primer lugar acepten sinceramente todos los capítulos doctrinales enseñados por la Iglesia y estén prontos a recibir los que en adelante ella misma enseñare: además, ninguna cosa se propongan que explícita o implícitamente haya sido condenada por la Iglesia: finalmente, siempre que las circunstancias lo exigieren, no rehúsen, como es razón, expresar abiertamente su modo de sentir conforme en todo con las doctrinas de la Iglesia. Decíase, además, en la misma carta que era de desear el que los católicos escogiesen y tomasen otra denominación con que apellidar sus propios partidos, no fuera que, adoptando la de liberales, diesen a los fieles ocasión de equívoco o de extrañeza; por lo demás, que no era lícito notar con censura teológica y mucho menos tachar de herético al liberalismo cuando se le atribuye sentido diferente del fijado por la Iglesia al condenarlo, mientras que la misma Iglesia no manifieste otra cosa»” (Normas de San Pío X a los católicos españoles, Secretaría de Estado de Su Santidad, 20 de abril de 1911). Por último, sabiendo que esta alianza de propuestas mínimas no es el ideal de máxima para un católico, pero tal vez sí el único bien posible, es oportuno recordar lo que también enseñó al respecto el Papa San Pío X: “En los casos prácticos, o con esta unión per modum actus o sin ella, todos debemos cooperar al bien común y a la defensa de la Religión; «en las elecciones, apoyando no solamente nuestros candidatos siempre que sea posible vistas las condiciones del tiempo, región y circunstancias, sino aun a todos demás que se presenten con garantías para la Religión y la Patria», teniendo siempre a la vista el que salgan elegidas el mayor número posible de personas dignas, donde se pueda, sea cual fuere su procedencia, combinando generosamente nuestras fuerzas con las de otros partidos y de toda suerte de personas para este nobilísimo fin. «Donde esto no es posible, nos uniremos con prudente gradación con todos los que voten por los menos indignos», exigiéndoles las mayores garantías posibles para promover el bien y evitar el mal. Abstenernos no conviene, ni es cosa laudable, y, salvo tal vez algún rarísimo caso de esfuerzos totalmente inútiles, se traduce por sus fatales efectos en una casi traición a la Religión y a la Patria. Este mismo sistema seguiremos en las Cortes, en las Diputaciones y en los Municipios en los demás actos de la vida pública. «Nuestra política será de penetración, de saneamiento», «de sumar voluntades, no de restar y mermar fuerzas», «vengan de donde vinieren». Cuando las circunstancias nos lleven a votar por candidatos menos dignos, o entre indignos por los menos indignos, o por enmiendas que disminuyan el efecto de las leyes, cuya exclusión no podemos lograr ni esperar, una leal y prudente explicación de nuestro voto justificará nuestra intervención. En las cosas dudosas que directa o indirectamente se refieren a asuntos religiosos, consultaremos nuestras dudas con los Prelados”(Autorizadas instrucciones a los católicos, publicadas en “El Siglo futuro”, 30 de enero de 1909)
domingo, 1 de diciembre de 2019
El patriarcado no existe. Por Agustín Laje
En 1969, la feminista radical Kate Millet publicaba su afamado libro Sexual Politics —considerado en 1998 por el New York Times como una de las diez obras más influyentes del Siglo XX—. Una renovada narrativa feminista se expresaba en aquellas páginas, articuladas por un viejo vocablo que, aggiornado, volvía a tomar centralidad discursiva: “el patriarcado”.
El concepto ya había sido utilizado antes por Friedrich Engels quien, en El origen de la familia, el Estado y la propiedad privada, adjudicaba su raíz a la aparición de la propiedad privada.Pero Millet le daba, 85 años más tarde, un alcance mucho más importante. El “patriarcado” es ahora el régimen político “a través del cual la mitad de la población, que es femenina, es controlada por la otra mitad, que es masculina”.El “patriarcado” es el sistema de dominación fundamental, vale decir, atraviesa todos los otros tipos de sistemas de dominación (si en Engels el sistema de clases es fundamento del “patriarcado”, en Millet el “patriarcado” es fundamento del sistema de clases).
En una palabra, el “patriarcado” es un sistema estructurado para colocar, de manera inexorable, a la mujer en inferioridad respecto del hombre. Las tesis más extremas del “patriarcado” motorizan el lesbianismo como “forma de resistencia”, pues la heterosexualidad equivaldría a “dormir con el enemigo” (la propia Millet, sin ir más lejos, era lesbiana).
No obstante, aquí argumentaré que, en verdad, el “patriarcado” ya no existe en los países occidentales, y ello no gracias a la vocinglera militancia feminista, sino gracias al sistema económico y político que tanto odian las feministas: el capitalismo de libre mercado y la democracia liberal.
Los datos de la realidad, en efecto, parecen mostrar algo bien distinto de lo que establece el discurso del “patriarcado”: en numerosas dimensiones e indicadores de la vida social, cuidadosamente omitidos por el feminismo, el hombre aparece mayormente perjudicado.
Veamos algunos ejemplos.
A nivel mundial, el 79% de las víctimas de homicidio son hombres(Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito). En Argentina, por caso, en el año 2014 —los datos más actualizados de que disponemos— se cometieron 3.269 asesinatos, de los cuales el 83,60% corresponde a hombres asesinados (2733 hombres), y el 16,40% a mujeres asesinadas (536 mujeres).
En las guerras, históricamente, el más perjudicado ha sido siempre el hombre. En una de las más recientes, la de Irak, las bajas correspondientes a Estados Unidos fueron un 97,68% hombres.
En lo que hace a la violencia contra la mujer, es interesante advertir que las más altas tasas se registran precisamente en aquellos países donde menos libertad económica hay, si se compara el siguiente gráfico del Banco Mundial con los datos del ranking de libertad económica de la Heritage Foundation.(Llamativamente, ni el Banco Mundial ni otras Organizaciones Internacionales han hecho estudios profundos sobre la violencia de la mujer contra el hombre).
A nivel mundial, la esperanza de vida de una mujer es 5 años mayor que la de un hombre. En un análisis entre países, podemos advertir asimismo que la mujer vive más allí donde la economía es más libre (Organización Mundial de la Salud). Un dato curioso complementario: también a nivel mundial, hay tres veces más suicidios en hombres que en mujeres (Organización Mundial de la Salud).
Veamos algunos datos relativos al mundo laboral. En lo que hace a la mano de trabajo infantil, la Organización Internacional del Trabajo calculó en 2012 que los niños tienden a participar más en la producción económica que las niñas (148,3 millones en comparación con 116,1 millones en el caso de las niñas). La tasa de empleo fue de 18,1% para los niños en comparación con 15,2% para las niñas.
Las tasas de accidentes laborales son desproporcionadamente desventajosas para los hombres. En Argentina por ejemplo, la Superintendencia de Riesgos del Trabajo informó que en 2014 el 81% de los perjudicados por “Accidentes de Trabajo y Enfermedades Profesionales” eran hombres, en comparación con un 19% mujeres.
A partir de la Revolución Industrial, la mujer ha ido tomando cada vez mayor participación en el mundo laboral. La ampliación progresiva que desde entonces ha experimentado lo que llamamos “mercado”, ha beneficiado esta incorporación femenina a la economía, debido a que su propia estructuración lógica maximizadora impide la discriminación sexual (y de cualquier tipo) bajo el riesgo de incurrir en mayores costos: nadie que quiera maximizar económicamente su negocio pagará más alguien “por ser hombre”.
A nivel mundial, casi un 40% de la población activa actual son mujeres según el Banco Mundial. En los países económicamente más libres, otra vez, la tasa es mayor.
Veamos el caso de Estados Unidos.Hacia 1870, sólo un 14% de las estadounidenses en edad laboral trabajaban fuera de la casa. Pero hacia 1940, el número ya se había duplicado. Para 1970, aproximadamente el 43% de las mujeres de Estados Unidos con edad superior a los dieciséis años tenía un trabajo asalariado. En 1996, eran casi el 60% las que trabajaban. En 2014, según datos del Banco Mundial, un 46% de la mano de obra norteamericana estaba formada por mujeres.Y no menos importante, según estudios de la revista Fortune, hoy las mujeres son propietarias del 65% de todos los bienes de Estados Unidos.
La igualdad de la mujer respecto al hombre es un proceso y, como tal, debe ser analizado como una película y no como una fotografía. La mayoría de los errores del feminismo consiste en analizar la instantánea en lugar del largometraje. En la base de este proceso igualador se encuentra el sistema económico que, paradójicamente, el feminismo insiste con atacar.
La antropóloga Helen Fisher ha destacado precisamente cómo los cambios económicos, desde la Revolución Industrial hasta la actual Revolución de la Información, benefició a la mujer. Su tesis es que el actual capitalismo puede incluso darle grandes ventajas por sobre el hombre; de ahí que su trabajo se haya titulado El primer sexo.Fundamentalmente, Fisher destaca el crecimiento del sector servicios frente al industrial, respecto de lo cual ya podemos darle razón en virtud de datos concretos como que a nivel mundial el sector servicios es ocupado por un 54% de mujeres (Banco Mundial).
Probablemente se nos diga, empero, que “si bien la mujer se incorporó al mundo laboral, el patriarcado se expresa pagándoles menos salarios a éstas en comparación a los hombres”. Es la falacia de la “brecha salarial”, que ha sido destruida por la feminista (disidente) Christina Hoff Sommers.En una palabra, el origen de la falacia tiene que ver con comparar hombres y mujeres haciendo diferentes trabajos; cuando se los compara en un mismo trabajo y misma cantidad de horas, no hay desigualdad (conforme a la lógica de mercado ya expuesta). Pero los análisis feministas no tienen en consideración cuestiones tan importantes como profesiones elegidas, tipos de trabajo y cantidad de horas laboradas por mes.
Sumemos otra curiosidad respecto del “patriarcado” en lo que hace a la dimensión económica de la sociedad: entre el 75% y el 80% de las personas en situación de calle son hombres.Curioso sistema de dominación contra la mujer, que tiene a sus hombres sin techo.
¿Y qué hay de la educación? En este ámbito tampoco parecemos encontrar ya rastros del mentado “patriarcado”. En el siguiente gráfico del Banco Mundial podemos ver, a nivel global, que las curvas de niños y niñas ya se encuentran prácticamente solapadas, lo cual significa que hay igualdad en la finalización de la educación primaria y secundaria.
Midiendo precisamente salud, educación e ingreso, el “Nuevo Índice de Desarrollo Humano relativo al Género” (Naciones Unidas) dio para Argentina un valor de 1,001, donde 1 representa la igualdad total, >1 desigualdad en favor del hombre y <1 desigualdad en favor de la mujer.Es decir, hay una completa igualdad, incluso con una centésima a favor de la mujer.
Nos detengamos aquí a insistir con la importancia del sistema económico. El Cato Institute ha cruzado los datos del Índice de Libertad Económica en el Mundo con indicadores sociales relativos a las mujeres, que se desprenden del Índice de Desigualdad de Género (IDG) del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (2010), y ha encontrado cosas asombrosas. Entre otras, ha comprobado que la desigualdad entre hombres y mujeres es dos veces más baja en los países con una economía capitalista que en aquellos que mantienen una economía cerrada y reprimida.
Asimismo, otros indicadores nos resultan significativos: en los países económicamente más libres, 71.7% de las mujeres ha terminado la educación secundaria, mientras en los menos capitalistas sólo 31.8% ha podido pasar por ella y finalizarla; los Parlamentos de los países económicamente más libres tienen una media de representantes mujeres doblemente mayor a la de los menos capitalistas; la mortalidad maternal en los países económicamente más libres es de 3.1 por cada 100,000 nacimientos, mientras en los países menos capitalistas ese valor se encuentra en 73.1 muertes; la tasa de fecundidad de adolescentes en los países económicamente más libres es de 22.4 por cada 1,000 mujeres de entre 15 y 19 años, mientras en los países menos capitalistas encontramos 87.7 casos.
Pero subrayemos lo siguiente. El feminismo insiste en ver “patriarcado” precisamente en las sociedades que, con arreglo a sus sistemas políticos y económicos, más igualdad lograron para los sexos. Así, nunca faltan protestas tan extravagantes como aquella que se hizo recientemente contra la depilación femenina por ejemplo (¡justo cuando muchos hombres empiezan también a depilarse!), mientras se guarda un silencio de tumba respecto a lo que acontece en otros puntos del globo donde otros sistemas políticos, económicos y culturales, mantienen a la mujer oprimida —principalmente en África y Medio Oriente—, con prácticas tales como la ablación (mutilación del clítoris) o el matrimonio de niños.
Frente a estos hechos, esta Nueva Izquierda de la cual el feminismo radical es parte, tiene listo su discurso contra el “etnocentrismo”, en favor del “multiculturalismo”, y da por cerrada epistemológicamente cualquier tipo de crítica.
Son contradicciones de ideologías que, diciendo estar del lado de la mujer, sólo buscan atacar los fundamentos del propio sistema que hizo del llamado “patriarcado” una pieza de museo histórico para Occidente.
Un crimen aberrante del ERP. Por Agustín de Beitia y Jorge Martínez
Era un radiante mediodía tucumano. Una familia tipo próxima a agrandarse llegaba a un clásico almuerzo dominical con los abuelos. Padre, esposa embarazada de cinco meses y dos niñitas. Pero los Viola no eran una familia cualquiera ni ese 1 de diciembre de 1974 iba a ser un día como los demás.
El capitán del Ejército Humberto Viola (de 31 años) quería estacionar el auto en el garaje de la casa de sus padres. Bajó primero su esposa, Maby, para abrir el portón. Se alejó unos metros. Entonces estallaron los disparos sobre el vehículo que partían desde otros autos. Ráfagas de fusil, perdigonadas de escopeta. Una emboscada en plena calle, a siete cuadras de la Casa de Gobierno de San Miguel de Tucumán.
Viola escapó del auto como pudo, por la puerta del acompañante, malherido. Quería preservar a sus hijas, alejarse para que los atacantes concentraran sus dispararos en él, quitarlas del punto de mira. Corrió media cuadra hasta que más balazos lo derrumbaron antes de llegar a la esquina. Allí lo remataron.
En el asiento trasero del vehículo habían quedado las dos pequeñas: María Fernanda, de 5 años, con una gravísima herida cerebral, y María Cristina, de 3 y medio, a quien los proyectiles le habían arrancado la mitad de la cabeza y llegaría muerta al hospital.
Los agresores pertenecían al Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), la guerrilla marxista lanzada a tomar el poder a sangre y fuego. Viola estaba en una lista de oficiales del Ejército a los que querían ejecutar en venganza por la muerte de 16 guerrilleros ocurrida cuatro meses antes, en el intento fallido de copar un regimiento en Catamarca. Su campaña insurgente, iniciada en 1970, desconocía la vigencia de la ley y el estado de derecho. El argumento de que combatían contra una dictadura, que tanto usarían en las décadas posteriores, era por completo infundado. En 1974 regían las instituciones democráticas y el país estaba gobernado por el Justicialismo.
En el ERP conocían los hábitos de Viola. Como en cualquier banda terrorista, la inteligencia previa era un requisito imprescindible para cometer sus crímenes. Sabían que los domingos iba a comer a la casa de sus padres con su esposa y sus hijas de corta edad. Sabían que las pequeñas podrían quedar en la línea de fuego. Aun así eligieron esa fecha y ese lugar para asesinarlo, sin importarle la presencia de las niñitas. Después buscarían excusas para justificar la matanza y hasta barajaron negar su responsabilidad, conscientes de la conmoción que habían causado.
Años más tarde fueron atrapados varios de los asesinos. Los juzgaron y condenaron durante el régimen militar, pero una ley de la democracia los benefició con conmutaciones de penas, antes de ser indultados en 1989 (en 2016 y 2017 algunos incluso llegaron a declarar como testigos en el proceso por la Operación Independencia). El intento de reabrir la causa Viola situándola en la categoría de «crímenes de lesa humanidad» transita sin pena ni gloria por los sumisos tribunales nacionales. Tampoco han prosperado los reclamos en cortes internacionales.
La Argentina de la guerrilla, la que devastó a la familia Viola, no figura en la historia oficial. Sus crímenes se esfumaron, sus asesinos fueron convertidos en mártires, sus víctimas desaparecieron de la «memoria histórica». La pesadilla está lejos de concluir. No falta mucho para que los que procuren mantener vivo el recuerdo de las atrocidades sean tachados de «negacionistas», en una inversión orwelliana del más elemental sentido de justicia.
Lejos de concitar repudio, esa Argentina sigue teniendo sus admiradores nostálgicos que sueñan con reeditarla, aunque por otros caminos. Pueblan la Justicia y la clase política, son legión en los ambientes educativos, en el periodismo y los medios culturales. Y eso no es todo. Muchos de ellos están a días de volver al poder.
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